Discurso de David Smolansky al recibir el Premio Heinz Sonntag

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Discurso del Alcalde David Smolansky al recibir el Premio Dr. Heinz Sonntag de la Juventud 2015-2017, otorgado por el Observatorio Hannah Arendt

Caracas, domingo 25 de octubre de 2015

Universidad Metropolitana

Buenos días,

Les puedo decir que el único que no me va a felicitar por este premio es mi médico que ayer me diagnosticó una bronquitis aguda y me dijo que debía guardar reposo. Pero yo le dije que al menos tenía que retirar mi primer y quizá último premio de la juventud, porque ya llegué a los 30 años.

Quiero saludar y agradecer a todos los miembros del presídium, al Observatorio Hannah Arendt, distintas autoridades universitarias, rector Scharifker; mi eterno rector padre Luis Ugalde, distintas maestras y autoridades de la Unimet, doctor Ramón Guillermo Aveledo, felicidades por su premio y a Liliana Ortega

Todos los que estamos hoy reunidos han sido parte fundamental en mi formación desde que estaba en al Universidad. Al doctor Sonntag lo conocí en pleno hervidero en 2007, cuando estábamos ya en campaña para las elecciones de la reforma constitucional del 02 de diciembre.

Recuerdo muchas conversaciones con Carolyn Oteyza, Emilio Figueredo, en la peña analítica. A Heinz siempre me lo tropezaba en algún pasillo universitario, siempre le agradeceré que fue ciertamente quien le abrió la puerta a los jóvenes, fue alguien que creyó profundamente sin ningún tipo de duda lo que es la juventud venezolana y el movimiento estudiantil venezolano.

Heinz además es la personificación de lo que era Venezuela. Un alemán que vino para acá trabajó por décadas el país, le apostó a Venezuela y se nacionalizó venezolano. 

Esa es nuestra generación. Este no es un premio para Smolansky, quiero felicitar a todos los nominados, aquí está Diego Scharifker, autoridad legislativa de Chacao. Este reconocimiento es para una generación que precisamente puede decir que tiene un padre o un abuelo que vino de otra parte, como fue Heinz.

A nuestra generación nos han contado como un alemán, italiano, español, portugués, salieron de Europa en los años 40 hasta el año 60 y 70 cuando había dictaduras en América Latina y el Caribe y se venían a Venezuela, por aquí se daba ejemplo de alternabilidad del poder, nos llamaban la dulce democracia, en ese entonces.

Hoy los jóvenes tenemos directa o indirectamente la raíz de un inmigrante. Hoy me dicen jefe del sionismo, me llama la atención más allá de la ignorancia que se expresa, la discriminación y antisemitismo que irradia, refleja que no están en el contexto de esta Nación. Mis abuelos huyeron de Kiev , Ucrania, en los años 20. Huyeron del comunismo. Vivieron más de 40 años en Cuba donde nació mi papá y tuvieron que huir de nuevo cuando el comunismo llegó a Cuba.

Mi familia paterna era judía. Yo perdí parte de mi familia, perdí primos, tíos, por el holocausto. Mis abuelos eran muy mayores cuando llegaron en el año 70 a Venezuela. Vivían en San Bernardino. Somos dos generaciones perseguidas por el comunismo, tres generaciones perseguidas por regímenes totalitarios y sufrimos además la persecución contra los judíos.

Cuando escucho que soy el jefe del sionismo me da más fuerza para luchar. La generación de la que formo parte es hija de la crisis, de la inseguridad, de la escasez, de la inflación, de la falla de servicios básicos, la poca transparencia de las instituciones. Es la generación hija de las la restricción de nuestras libertades, de los controles y vemos como la corrupción se carcome la institucionalidad del país.

Nuestros padres y abuelos nos pintan la Venezuela de hace 30 ó 40 años. La podemos leer en un libro, pero nunca mi generación ha vivido esa Venezuela.

Crecimos con la cicatriz de las bombas lacrimógenas cada vez que vamos a protestar; la cicatriz de los perdigones que nos han disparado; la cicatriz de ver un joven caer por una bala y ver su sangre derramada, y no estoy exagerando; la cicatriz de ser jóvenes perseguidos. La cicatriz de ser jóvenes alcaldes como Daniel Ceballos preso por querer una mejor Venezuela. Quisiera cambiar ese galardón por la libertad de todos esos jóvenes y de los estudiantes. Quiero cambiarlo por verlos caminar libremente por cualquier ciudad, pueblo, caserío de nuestro país.

Con esa cicatriz se nos han ido 30 años de nuestras vidas. Más de la mitad de nuestras vidas se nos ha ido en este modelo de vocación totalitaria y autoritaria, como lo definió la Iglesia Católica.

Somos hijos o nietos de la generación de la emigración, conocemos a Cruz Diez no por el mural de La Guaira, sino por su obra en el piso de Maiquetía, donde vemos partir a la juventud venezolana.

Nuestra generación tiene dos opciones: claudicar, tirar la toalla, arrodillarnos; o no ceder en nuestras vocaciones y convicciones. Yo me anoto en la segunda opción. No para que el día de mañana la historia reconozca el trabajo de nuestra generación, que serán concejales, alcaldes, gobernadores o presidentes. Mañana queremos que los libros de historia diga que la generación que creció con esa cicatriz pudo darles un país seguro y no violento; un país de oportunidades y no de restricciones; de acceso a la educación y no de deserción; donde se respete el derecho a la salud y no donde se mueran los ciudadanos por falta de insumos. Una generación que pueda  nacer, crecer, estudiar, trabajar, estudiar y morir en Venezuela sin que se les pase por la cabeza, abandonar sus tierras.

Quiero que cuando nuestros hijos, nietos, bisnietos, las próximas generaciones vayan a clase, lean la historia o consulten las redes sociales, les digan que hubo una generación que cambió el gobierno, rescató el país, les dejó libertad, justicia, oportunidades y democracia, un país distinto al que les antecedieron. Ahí yo me sentiré satisfecho.

Muchísimas gracias.