El OHA participó en las terceras jornadas: PAIS 2.0: el nuevo espacio público digital, realizadas en la UCAB con la presentación Acuerdos y Responsabilidad Social Innovadora, realizada por nuestro director Alejandro Oropeza

UNIVERSIDAD CATÓLICA ANDRÉS BELLO
CENTRO DE INVESTIGACIONES DE LA COMUNICACIÓN.

Terceras jornadas: PAIS 2.0: el nuevo espacio público digital.

Mesa redonda: consenso nacional e innovación social.

Título de la presentación:
Acuerdos y Responsabilidad Social Innovadora.

Alejandro Oropeza G.
Observatorio Hannah Arendt.
Centro de Estudios Políticos – UCAB.

 

Si algo adquiere relevancia el día de hoy es la atención y el análisis detallado de aquello que denominamos espacio público, dentro y en el cual se suceden las relaciones e inter relaciones entre los individuos integrantes del entramado social de una sociedad. Más aún relevante es la necesidad de atención cuando entendemos que en este espacio público tienen, o deberían de tener lugar los intercambios entre los dos grandes actores, a saber: la Sociedad y, producto de ella, el Estado, con todos los entramados institucionales que el mismo requiere. Existiendo una premisa fundamental y necesaria la cual es la siguiente: para que exista un espacio público libre y de constantes y permanentes relaciones Estado-Sociedad necesariamente debe sustentar tales relaciones un sistema político mínimamente democrático. Es decir, un sistema político en el cual sea rutinario por parte de la ciudadanía el ejercicio de los principales atributos materiales y axiológicos que definen a un sistema de este tipo; los cuales no es pertinente enumerar acá pero que todos sabemos a qué elementos nos estamos refiriendo.

Hannah Arendt, la extraordinaria filósofo judeo-alemana, en una de sus obras más importantes, La Condición Humana, se detiene a estudiar este espacio, “ámbito público” es la denominación a la cual recurre, el cual es complementado por el “ámbito privado”, ambos determinan la esfera de acción del ser humano en nuestras sociedades. Pero, es conveniente detenerse brevemente en la apreciación del espacio o ámbito de lo público. Básicamente es menester tener presente de que en este ámbito, el público, es donde tiene lugar la acción política, los intercambios, los procesos y mecanismos de reconocimiento y aceptación de “el otro”, la acción comunicativa; es el espacio en el cual la libertad tiene posibilidades de ser ejercida frente a terceros y, consecuentemente, donde se puede ser libre para exponer las ideas a través de la expresión ante mis pares ciudadanos. Pero, un aspecto que es extraordinariamente relevante de esté ámbito público, el cual es el espacio en el cual se alcanzan los posibles y muy escasos consensos, y en donde se suceden y alcanzan los más regulares “acuerdos sociales” que determinan el comportamiento de la sociedad y sus relaciones con el Estado a través de sus órganos y la institucionalidad correspondiente.

Y cuando hablamos de estos acuerdos sociales, alcanzados en el seno del ámbito de lo público-político ¿a qué estamos haciendo referencia? No a otro elemento que al pacto-acuerdo por medio del cual la sociedad legitima el ejercicio del poder por parte de los gobernantes en genuino ejercicio de tales funciones y mandatos expresados por la ciudadanía; se insiste, a través de un acuerdo alcanzado en el espacio público-político. Claro, entonces debemos suponer que siendo una de las características fundamentales de la sociedad el dinamismo, contrario a la petrificación y la paralización; es de esperarse que dichos acuerdos que legitiman el ejercicio del poder tienen necesariamente que ser renovados sucesivamente a lo largo del tiempo, de la historia. Jamás podría pretenderse instaurar un acuerdo perenne, eterno, inmutable, ello va en contra de la esencia misma del ser social.

Entonces, siendo esto así, se entiende que el ejercicio del poder, en sistemas políticos democráticos, se basa y sustenta en acuerdos que se alcanzan en el espacio de lo público-político; igualmente, entonces, las renovaciones sucesivas de tales se sustentan en los propios acuerdos previos y en las manifestaciones que se expresan en los mismos.

¿Y si no es así? ¿Si un gobernante decide amparado en la violencia desconocer el acuerdo y/o no aceptar la sucesiva evolución del mismo? ¿Qué pasa con el ámbito de lo público? ¿Dónde se negocian y se discuten los acuerdos? Cuando un gobernante decide desconocer el acuerdo social y los mecanismos sociales estipulados para su sucesiva renovación, abandona el espacio de lo público, de lo político democrático y se convierte en un tirano que tiene que recurrir a la violencia instrumental (de acuerdo a fines) para imponer su voluntad y desconocer a la sociedad que permanece solitaria en aquel espacio ¿Y adonde se ubica ahora el tirano? En el ámbito de lo privado ¿por qué? Por ser ese el espacio de los intereses particulares; y el tirano al no obedecer y reconocer el acuerdo desconoce a la sociedad y su interés es solo permanecer en el gobierno, para lo cual reprime, persigue y desmantela la institucionalidad pública que le sirve de sustento a la democracia. El barón de Montesquieu es categórico al afirmar que las tiranías son los regímenes menos poderosos porque su sustento lo determina la violencia y nunca el acuerdo social.

Es en este peligroso entorno político en el cual emerge determinante la responsabilidad social. Al sucederse este tipo de realidades, la sociedad puede discurrir por dos senderos. El primero de ellos es abandonar el espacio de lo público al no tener posibilidades de verse reflejada en un espejo institucional público que le de sustento y base al ejercicio ciudadano. Así, mientras más opaco, roto y volteado se encuentre dicho espejo institucional menos interés tendrá la sociedad en mirarse en él, y cada vez menos acude al espacio de lo público a presentar sus demandas porque: o bien no son atendidas, o siendo aparentemente atendidas, no son resueltas; o si son presentadas, el aparato de violencia del tirano se activa para la persecución. En esta realidad se sucede lo que en otras ocasiones he denominado la contracción o bien desaparición “voluntaria” en la sociedad de la potencialidad del ejercicio ciudadano, entendida en el pensamiento de la siguiente manera: como no tengo posibilidades de actuar libremente como ciudadano, decido abandonar el espacio de ciudadanía que existía en el ámbito de lo público y me retiro a esconderme en el ámbito privado propio; como mi activación para el ejercicio de mis derechos ciudadanos y sociales no tendrá ninguna consecuencia o puede suponer que se me persiga me inhibo de ejercerlos. Esta realidad en ocasiones genera un aparente estado de conformidad, de calma social que es utilizado por el tirano para pretender exponer que el sistema funciona con la anuencia y el respaldo de la sociedad. Al no existir el reclamo social hacia las instituciones se crea una ilusión de tranquilidad y satisfacción.

¿El segundo camino? Es el de la co-responsabilidad emergente de la sociedad, innovador y que requiere trabajar en pos de generar un acuerdo social sin la participación de la institucionalidad secuestrada por el tirano. Se trata de reconstruir aquel espejo institucional en el cual la sociedad pueda verse reflejada e impulse en ella la cultura cívica que está resguardada en su seno mismo. Esta sociedad debe reconquistar el espacio de lo público a través de la creación de una institucionalidad emergente de su propia historia, de sus tradiciones, de sus auctoritas en los términos que lo entendían los romanos de la república, al lado de la religión política-ciudadana que ha sustentado a lo largo del tiempo sus relaciones con el Estado, ahora secuestrado. La ya referida filósofo Hannah Arendt reúne estos tres elementos en lo que denomina la “trinidad romana” expuesta en su trabajo “Crisis de la República, lo cual puede ser complementado por los indispensables trabajos del profesor Fernando Mires en lo que respecta a “religión política”. Así entonces, se entiende que en estas circunstancias, la sociedad tiene que ser responsable para reconstruir los principios ciudadanos que le otorguen una institucionalidad sustituta de aquella desmantelada por el tirano. Tiene que encontrar, reconocer y validar sus liderazgos democráticos, tiene que diseñar los nuevos acuerdos socio-políticos para enfrentar a la tiranía. Tiene que entender que el “ser ciudadano” no es una dádiva o un reconocimiento complaciente de un régimen político cualquiera; no, el ser ciudadano es la sociedad ubicada en el centro del espacio público construyendo institucionalidad de sí misma cuando una parte del Estado o todo el Estado ha secuestrado los principios que sustentan los mecanismos que permiten la sucesiva renovación de los acuerdos. Tiene que entender finalmente, que el adversario es el tirano, no la sociedad misma.

¿Qué puede rescatar la sociedad de sí? Su cultura política, sus valores democráticos, la discusión en el ámbito de lo público de los asuntos sociales y políticos; la historia que la define, y las creencias que a lo largo del tiempo han sustentado las relaciones de ella, consigo misma y con el Estado; tiene que recuperar las instituciones que el tirano le despojó o que le dijo que eran falsas e ilegítimas, para dominarla. Es decir, la sociedad debe construir confianza en sí misma y en las instituciones que en su esencia permanecen, para generar: primero los esquemas y estrategias que es necesario diseñar para enfrentar la tiranía; segundo, reconocer y legitimar los liderazgos plurales que han de conducir la acción política; tercero, construir acuerdos mínimos que acompañen esa acción. Parte de esos acuerdos tiene que recuperar lo que Hannah Arendt denomina la “acción comunicativa” que vive en lo público, que enlaza, que otorga a la sociedad los mecanismos para su supervivencia y el regreso al ámbito de lo político abandonado. Ello, paulatinamente podría ir recuperando una institucionalidad propia basada y sustentada en la propia historia y en la propia tradición.

Hoy día se poseen muchos más mecanismos para ejercer esa responsabilidad social innovadora, los medios electrónicos nos brindan un importante aliado, al lado de los mecanismos tradicionales que no se deben abandonar; pero, quizás el más importante es la propia conciencia de ser social que nunca se pierde, porque lo resguarda la tradición y la historia, se insiste.

Entonces, en medio de circunstancias en donde se percibe quizás, que la única salida posible es el abandono del espacio de lo público y por tanto la entrega de la condición de ciudadano en razón del desmantelamiento del corpus institucional de la nación, encuentros como este que permiten la reflexión, la mirada crítica hacia nuestras propias acciones como ciudadanía, la propuesta innovadora, la invención del futuro en atención a las problemáticas del presente, es un oasis institucional en medio de la aparente desesperanza, he acá uno de los elementos parte de esa institucionalidad propia societal a la que se hace referencia. El camino es ser responsables como ciudadanos comprometidos, conscientes de nosotros mismos y de nuestras propias posibilidades y medios cuando nos unimos a otros y vamos conformando grupos y generando compromisos socialmente innovadores para construir una nueva institucionalidad en la cual reflejarnos como sociedad y que ello sea la guía para la acción social pacífica y no violenta que conduzca a generar un nuevo acuerdo social surgido en el seno mismo del espacio público recuperado. Esa institucionalidad social forjada de los propios valores ciudadanos es la base de la institucionalidad pública que debemos recuperar y reconstruir en un futuro cercano.

Es un camino para ser responsables y socialmente innovadores.

 

Gracias.